Todas las mañanas nos enfrentamos al balance de los muertos del día anterior, como si estuviéramos en medio de una guerra. Se trata, sin embargo, de las víctimas de los accidentes de tránsito. Los ingentes esfuerzos que se han desplegado y se siguen desplegando por parte de las autoridades, no parecen amainar los efectos de esta plaga que se ha convertido en una de las principales causas de muerte en el país. Sin duda, hay algo que falla en el enfrentamiento del problema.
Lo primero que debe señalarse —así ha sido reconocido en forma reiterada— es que este asunto tiene que ver con la educación de los costarricenses. Sin embargo, este nexo debe referirse a su formación, en general, y no solo a lo que se designa como educación vial. En la prevención están involucrados aspectos muy diversos que tienen que ver con la ética, la lógica, la cortesía, el sentido de responsabilidad, la capacidad de interpretar símbolos, en fin, con el razonamiento. Todo eso, para bien y para mal, es resultado de la educación general de la población.
Se pone mucho énfasis en la pericia del conductor y, por supuesto, se trata de un asunto fundamental. Sin embargo, la verdadera pericia se adquiere con una larga experiencia. Pero, ni siquiera esto basta, como tendemos a pensar, equivocadamente. Los hechos demuestran lo contrario. Cuando la educación es buena, sus efectos benéficos se extienden a todas las actividades humanas. Cuando falla, sus consecuencias fatales aparecen incluso en las carreteras. Sin embargo, mientras esperamos que la formación de los ciudadanos mejore, en términos generales, algo hay que hacer por paliar este enorme problema.
Por eso, debería establecerse una escuela de choferes que se encargue, no de explicar el manualito sobre el que se examina a quienes aspiran a obtener la licencia de conducir, sino sobre aspectos más complejos. Ahí, debería ilustrarse al conductor sobre su responsabilidad, sobre los tipos de accidentes que ocurren, sobre la necesidad de desarrollar una actitud racional, solidaria y cortés con el prójimo, entre muchas otras cosas. Como sería imposible llevar a esa escuela a todos los conductores del país, convendría orientarla hacia dos grupos: en primer lugar, a los choferes profesionales en servicio y a quienes desean llegar a serlo. En segundo término, a quienes han tenido un accidente por su culpa o incluso, por recomendación del juez, a quienes ha sido sobreseídos.
Es vital que se de formación a choferes de buses, especialmente a aquellos que cumplen su trabajo en las carreteras más transitadas y a los que transportan niños. No basta saber manejar un camión o un bus para asumir competentemente una responsabilidad tan grande. Se requiere mucho más. Por eso, debería ser, además, condición indispensable, que las personas que aspiran a dedicarse a esas actividades, tuviesen al menos el título de Bachilleres de la Educación Media que sería, en su caso, requisito para ingresar a la escuela de choferes. Tal vez así, se logre avanzar en este campo. Ojalá, al menos, la idea pudiera ser discutida.
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