Al leer el título de estas reflexiones editoriales, el lector podría creer que recurrimos a criterios geográficos. Podría pensar, también, que hablamos de la pobreza o del origen de las lenguas habladas en estos territorios, y hasta pensar que debimos hablar de tres o más américas latinas. Nuestra división en dos obedece más bien a los fenómenos políticos surgidos en días cercanos y que parecieran extenderse a varios países. Pensamos que se gesta una América Latina ideologizada, en el peor sentido del término, dominada por visiones superadas que, en el mundo desarrollado, han sido sepultadas desde hace bastante tiempo.
En efecto, la demagogia, convertida en régimen político, parece abrirse campo en algunos países y ello, aunque parezca increíble, tiende a contagiar otros territorios nacionales. Pero, la demagogia no es nueva y ya la hemos superado en otras oportunidades en que la historia ha sonreído. ¿Podremos hacerlo ahora de nuevo? Desgraciadamente, no será fácil, precisamente porque la tendencia encuentra alimento en las honduras profundas de nuestra historia. Recogiendo impulsos que vienen del pasado, la demagogia genera una nueva especie de autoritarismo. Y eso sí que constituye un mal de primer orden.
En efecto, hoy, valiéndose de la democracia y gracias a nutridas votaciones, los propósitos y actitudes de ciertos gobernantes plasman una nueva versión del viejo caudillismo que tanto daño nos ha hecho y del que no estuvieron exentos líderes que surgieron de las luchas de independencia. Ciertamente, en la primera mitad del Siglo XIX, esto resultaba explicable. Bolívar mismo concibió lo que podríamos llamar una monarquía republicana. Gobiernos prácticamente vitalicios, ejercicio del poder con límites laxos, figuras dominantes dotadas de una legitimidad capaz de generar obediencia más allá de los límites razonables, formaron parte de los primeros tanteos en pos de la formulación de una república que fue fecunda en dictaduras. En el fondo, durante muchos años, se vivió el mito de la monarquía absoluta sin rey. Luego, nos quedaron caudillos, patriarcas autoritarios, tiranos temibles y otras especies, a veces mitigadas o intermedias, en relación con el modelo original.
Más que por gracia de la fortuna, por el esfuerzo y los padecimientos de una multitud de demócratas, América Latina pudo estabilizar sus gobiernos y abrirlos a un sistema de apego al derecho —es decir, con límites bien marcados—. Logró, así, introducir la vida electoral libre y segura, garantizar el cumplimiento de los derechos humanos, pensó en educar, en vez de moldear ciudadanos sumisos. Estos cambios fueron capaces de colocar a sus países dentro de parámetros aceptables para las naciones civilizadas. Pero, de pronto, surgen desviaciones sorprendentes que pueden constituirse en tentación aun para naciones de tradiciones democráticas sólidas. El peligro de esta tendencia lo mide el hecho de que la democracia nunca está consolidada del todo. Nunca, en ninguna parte.
Evitemos que se constituyan de manera dos américas latinas. Una, cerrada en las pautas de varias décadas atrás, aferrada a sistemas de servicios públicos inadecuados, hipnotizada por las viejas nacionalizaciones —ello para nada nos inhibe de entender lucha por el precio justo para los recursos minerales y energéticos—, tentada por el autoritarismo antiguo, aterrorizada ante la posibilidad de tener que enfrentar los mercados externos y, lo que es peor, autoritaria, aunque realice votaciones libres. Esa América Latina avanzaría al futuro sin enterarse de lo que éste ofrece, viviría hoy, pensando que vive ayer.
La otra América Latina se abre al futuro, se abre a la lucha por un puesto en el campo del comercio y de la industria en el mundo, sin complejos, aunque, eso sí, con inteligencia. Esa segunda América Latina es democrática de manera profunda. Cree en las instituciones y no en los caudillos. No emplea el derecho electoral para justificar cualquier cosa, cree en la educación y en el desarrollo de la cultura. Acepta los riesgos de la libertad sin despreciar un orden razonable. Repele la pobreza con más y más educación y nuevas formas de trabajo. Sabe que el fin es la persona y no la ideología. Esta es la América Latina que queremos. Ojalá sus concepciones prevalezcan ampliamente sobre las de la otra. Democracia Digital guarda la esperanza de que así ocurra.
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